sábado, 22 de noviembre de 2008

DOS DÍAS EN PUCELA


Rompí el cascarón del miedo

y me dejé volar.


Salí deprisa y corriendo (es decir, como siempre) para coger el autobús que me llevase a mí ya a mi maleta cargada de libros y sueños a la estación donde cogería el Alsa con el que iría a Valladolid. Llegué pronto y tuve que esperar a que el autobús entrara en la estación. Cuatro horas y media después (incluyendo esos 45 minutos esperando en un restaurante de carretera a que terminase el descanso del conductor), varias páginas de las novelas ejemplares de Cervantes (que me había llevado para entretenimiento durante mi viaje) y nervios por si no llegaba a tiempo, al final, llegué a Pucela a las 19:20 del jueves. Al poco tiempo, Rut aparecía medio corriendo, con los brazos extendidos y una gran sonrisa en los labios. José Pablo estaba con el coche esperándonos. Rut llevó al maleta a su casa, José Pablo y yo esperamos en una cervecería tomando una caña y comiendo gusanitos. Al final no fuimos a ver a Marcos Ana, se hacía tarde y necesitábamos descansar un rato la cabeza y el cuerpo de tanto ajetreo. A las nueve pasadas ya nos encontrábamos en La Curva, un bar amplio, con un pequeño patio que llevaba al baño. En La Curva estaba ya Laura, que me puso al día de sus idas y venidas al tiempo que yo hacía lo mismo. Allí estaban Adriana (mi chiquita de las naranjas, que me trajo una peli y nos compró un libro) Marina, Cris, Laurita, Pedro, Alfonso, Diego (o David, para Rut), José Pablo, Isa (que hizo las veces de presentadora) y las rusas, con un montón de gente más.

Comenzó José Pablo a leer ("Lugares comunes"), luego salió Laura y con su fuerza nos dejó encandilados a todos, después me tocó el turno a mí, nerviosa, creía que con el temblor de las piernas me iba a caer de los tacones. Pero los cólmicos son grandes, gente de esa que, como dirían algunos de mi pueblo, "los llevas en la patata". Después de mí, Rut leyó, leyó versos dedicados. Laura hizo un cadáver exquisito con los del bar, un poema que epsero cuelgue pronto en la red para que todos podamos difrutar de él cuando queramos. Las rusas volvimos de nuevo a la carga, leímos poemas de aquella que, por diferentes motivos, no pudieron acompañarnos.

En La Curva estaban la sonrisa de Rut y la fuerza de Laura conmigo, pero también el erotismo de Clara, las palabras de Ana Muñoz, el calor de Analía y los versos de Ana Gijón.

En La Curva estábamos todas, porque en todas hay una parte de las demás. Después del recital, estuvimos vendiendo libros y, en una mesa, firmando ejemplares. Después, una larga conversación en torno a varias cervezas, doritos y pepinillos. El bar cerraba, nos teníamos que ir, pero la fiesta continuó en el Malecón y, más tarde, en un bar de cuyo nombre no me acuerdo por no haberme fijado. Hacía frío en Valladolid, pero las canciones de Eva, la alegría y la gente lo hacían soportable. Llegamos a casa a eso de las 5 de la mañana, con la risa floja nos tiramos en el sofá y de ahí a dormir. A Laura no le costó, cuando volví de quitarme las lentillas ya se había dormido, Rut apareció unos minutos más tarde a darnos las buenas noches. Unas cinco o seis horas después ya estábamos despiertas. Nos duchamos para quitarnos el olor a humo, nos cambiamos de ropa y fuimos a la universidad a desayunar con Isa y José Pablo. Al final desayunamos un café, un trozo de pizza y bizcocho de chocolate y nos fuimos al colegio Santa Teresa de jesús, donde tenían un recorte de periódico del mundo donde salía anunciada nuestra presentación allí.

Blanca nos llevó hasta el salón de actos que, para que los que noe stuvieron me entiendan, es como la parte de abajo del Bretón (el teatro), escenario incluido. Decidimos no sentarnos, sino pornernos delante de la mesa ya que no queríamos algo formal, sino acercarnos a los chavales y acercarles la poesía. Aparecieron más de 50, de 4º de la ESO a 2º de bachillerato, entre los que destacó desde un principio Carlota, futura promesa con las ideas muy claras, discípula de Rut.

Después de una hora o menos hablando con ellos, nos fuimos a tomar un café con los profesores. A Laura se le llevó el coche la grúa, fue el único mal incidente del día. Al final lo recuperaron y pudo volver a Madrid. Nosotros nos fuimos a comer a los Zagales (donde, por cierto, comí como nunca) a eso de las cuatro de la tarde.

Después fuimos a ver a Marina, que estaba trabajando haciendo socios para la Cruz Roja y luego quedamos con Carlota en un bar de donde sacamos la certeza de que hoy en día hay quien, como Carlota, lucha por un ideal, y quien, como la chica que teníamos en la mesa de al lado, se dedica a darse el lote a las seis de la tarde en un café (parecido al Buda de aquí de Logroño, pero con más luz).

Rápidamente tuvimos que irnos a la estación de autobuses para que yo pudiera coger el Alsa de vuelta a casa, aunque tuvimos que volver al bar para recuperar las gafas de Rut.

Llegamos con tiempo y me fui con una sonrisa que ni siquiera hoy he podido quitarme y con una lágrima por despedirme.

Gracias a todos por acogerme, por adoptar a esta niña rusa y por colocarme, como dijo Rut, una percha en los labios, que me impide perder la sonrisa.

Estoy encantada de haberos conocido y espero que sigamos compartiendo versos muchos años más, ya sea en Valladolid, en Logroño, en Buenos Aires o en Madrid. Un día me dijeron que el lugar no importa si se está con la gente apropiada y creo que podríamos pasarnoslo bien incluso recitando en el Polo.

Esperando veros a todos pronto, se despide de esta crónica hecha la mañana siguiente de mi vuelta, la niña rusa cuyas alas que crecieron en Irlanda se han hecho más fuertes en Pucela.

2 comentarios:

Duenda. dijo...

Qué rapidez. Yo necesito reposar lo vivido, aún no me salen palabras. Gracias a ti, rusa chiquita. A las dos: Laura y tú habéis sido un placer en mi tierra.

Un abrazo.
duenda.

José Pablo dijo...

Ya te digo, qué rapidez, Nerea. Muchas gracias también por mi parte a las tres.

Un abrazo