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viernes, 27 de marzo de 2009
lunes, 8 de diciembre de 2008
Caracol de otoño (a título provisional) III

III
Antes de comprar los billetes en la estación, antes de buscar a la vecina para que cuidara a Nah durante su ausencia, antes de cualquier pensamiento vio aquel cartel.
"Coloquio sobre el comercio justo: tradición y modernidad en la cultura indígena".
Decidió acudir como un paso previo a su viaje. Pero, como si tuviera una premonición de algo que no sabía siquiera si iba a suceder, decidió hacer la maleta y tenerlo todo preparado tiempo antes de su partida.
La vida que dejaba atrás poco importaba, había acabado la misma carrera que en su día hicieron sus padres y se ocupaba de su mismo trabajo, no sabía si por hacer perdurar la memoria de los ausentes, o por vocación propia.
Lo había unido con clases de arte, música, escritura, idiomas...
Cuando era niña se veía como la Liberadora de su Pueblo pero ahora pensaba, ¿cuál era su Pueblo? ¿Cuál era su tierra? No podía dar respuesta a aquellas preguntas, aún no, y quizás no las supiera nunca, pero iba a dar el primer paso de su viaje.
Cogió a Nah y, tras ponerse una liviana chaqueta sobre el blanco vestido, que resaltaba su tez oscura y su pelo negro, salió a la calle con tiempo sifuciente para llegar al coloquio antes de la hora.
Cuando llegó al salón de actos de la Casa de la Cultura tan sólo dos hombres se encontraban allí, ultimando los detalles diez minutos antes de que diera comienzo el acto.
Decidió pasearse observando las fotos colgadas de las paredes tan blancas como su vestido. Eran hombres y mujeres de rasgos similares a los suyos, en esas fotografías recordó algunos de los paisajes que su madre pintó en su memoria.
Hacía calor, Nah estaba tranquila atada a la correa roja. Se quitó la chaqueta despacio, sintió una mirada en su espalda al descubierto y se giró justo a tiempo para ver unos ojos negros fijos en su cabello.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Caracol de otoño (a título provisional)

Se llamaba Iruya Nuamahuaca, y tenía el pelo negro y la tez oscura, herencia directa de sus antepasados, indígenas americanos de tierras distantes. Y esto era porque su árbol genealógico se dividía en dos partes, la materna y la paterna.
Su madre siempre había sido una mujer arraigada a sus costumbres, había nacido en Sudamérica y sentía la sangre de los incas y aztecas aún fluyendo por sus venas. Cierto era que Iruya, nombre escogido por su abuela materna, argentina, había heredado los rasgos de su madre, así como ése gusto por las tradiciones que se remontaban a, al menos, un siglo atrás en su familia.
Sin embargo, su padre, de raigambre india norteamericana, había renunciado a sus tradiciones por tener una vida más digna que la que le pudiera dar una reserva. Muchos le reprocharon esto, sobre todo cuando decidió marcharse con los yanquis a vivir una cultura que no era la suya. Incluso su esposa, la madre de Iruya, se lo echó en cara más de una vez.
Así, Iruya creció en una ambiente en permanente contraste. Por un lado, su madre, Tizimín Manikaua, quería que la niña abrazara la riqueza cultural de los dos pueblos de los que descendía y por otro, su padre, Tekax Nuamahuca, trató al principio, aunque pronto desistió en su empeño, de "normalizar" a su hija según los cánones americanos.
Con el tiempo, Tek e Iruya se fueron distanciando más y, finalmente, el hilo que unía ese amor paternofilial se rompió. No obstante, seguían representando ese papel ante los demás porque así había sido educada Iruya, en las apariencias.
Apariencias ente su padre, ante su madre, ante sus amigos, ante sí misma. Al final no sabía si realmente la que le devolvía la mirada en el espejo era ella o una extraña.
Este sentimiento de duda existencial y su desarraigo no hicieron sino incrementarse cuando la familia decidió mudarse a España y, concretamente, a Castilla, donde el matrimonio podría dedicarse mejor a su oficio, la enseñanza y la traducción.
Iruya comenzó a sentir un dolor que le iba royendo más allá del padecimiento físico, más allá de su oído dañado por la negligencia de la medicina que le tocó padecer en su infancia, más allá de la sangre mezclada que le iba quemando por dentro y más allá de ese corazón vacío que nunca había dejado llenar.
El tiempo había pasado rápido, las hojas el otoño regaban un parque cualquiera de esa ciudad sin nombre en la que ahora vivía. Caminaba sola paseando a su perra Nah (nombre elegido por su madre poco antes de morir de un cáncer) al atardecer de un viernes. Fue en ese momento, en el que se le cruzó una hoja seca llevada por el viento, dorada como sólo la naturaleza sabe pintar, cuando recordó El Dorado, las historias de su madre y la sangre de sus venas comenzó a alterarse. En ese preciso instante decidió recorrer un camino, un senda que se le había marcado ya desde niña.
Quería saber si era cierto que tenía hogar.
Su madre siempre había sido una mujer arraigada a sus costumbres, había nacido en Sudamérica y sentía la sangre de los incas y aztecas aún fluyendo por sus venas. Cierto era que Iruya, nombre escogido por su abuela materna, argentina, había heredado los rasgos de su madre, así como ése gusto por las tradiciones que se remontaban a, al menos, un siglo atrás en su familia.
Sin embargo, su padre, de raigambre india norteamericana, había renunciado a sus tradiciones por tener una vida más digna que la que le pudiera dar una reserva. Muchos le reprocharon esto, sobre todo cuando decidió marcharse con los yanquis a vivir una cultura que no era la suya. Incluso su esposa, la madre de Iruya, se lo echó en cara más de una vez.
Así, Iruya creció en una ambiente en permanente contraste. Por un lado, su madre, Tizimín Manikaua, quería que la niña abrazara la riqueza cultural de los dos pueblos de los que descendía y por otro, su padre, Tekax Nuamahuca, trató al principio, aunque pronto desistió en su empeño, de "normalizar" a su hija según los cánones americanos.
Con el tiempo, Tek e Iruya se fueron distanciando más y, finalmente, el hilo que unía ese amor paternofilial se rompió. No obstante, seguían representando ese papel ante los demás porque así había sido educada Iruya, en las apariencias.
Apariencias ente su padre, ante su madre, ante sus amigos, ante sí misma. Al final no sabía si realmente la que le devolvía la mirada en el espejo era ella o una extraña.
Este sentimiento de duda existencial y su desarraigo no hicieron sino incrementarse cuando la familia decidió mudarse a España y, concretamente, a Castilla, donde el matrimonio podría dedicarse mejor a su oficio, la enseñanza y la traducción.
Iruya comenzó a sentir un dolor que le iba royendo más allá del padecimiento físico, más allá de su oído dañado por la negligencia de la medicina que le tocó padecer en su infancia, más allá de la sangre mezclada que le iba quemando por dentro y más allá de ese corazón vacío que nunca había dejado llenar.
El tiempo había pasado rápido, las hojas el otoño regaban un parque cualquiera de esa ciudad sin nombre en la que ahora vivía. Caminaba sola paseando a su perra Nah (nombre elegido por su madre poco antes de morir de un cáncer) al atardecer de un viernes. Fue en ese momento, en el que se le cruzó una hoja seca llevada por el viento, dorada como sólo la naturaleza sabe pintar, cuando recordó El Dorado, las historias de su madre y la sangre de sus venas comenzó a alterarse. En ese preciso instante decidió recorrer un camino, un senda que se le había marcado ya desde niña.
Quería saber si era cierto que tenía hogar.
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